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El cambio global en el fin del mundo, ¿a quién le importa?

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Publicado
6 de oct del 2014

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Por Ricardo Jaña, Doctor rer. nat. (en Ciencias Naturales)
Departamento Científico, Instituto Antártico Chileno


En los últimos años hemos sido alertados, cada vez con mayor frecuencia, sobre cambios recientes de diferente intensidad que perturban a la naturaleza. Se sabe que no solo el clima está siendo afectado, sino que también la atmósfera, los océanos, las masas de hielo (criósfera) y la abundancia y distribución de los seres vivos, entre los elementos más conocidos. Algunos dicen que es la “mayor amenaza medioambiental a la cual ha sido expuesta la humanidad”, otros lo niegan, y muchos no saben qué decir.

Mientras tanto, el aumento de la temperatura del aire y de los océanos o del nivel medio del mar, y los cambios en la intensidad y dirección de los vientos, continúan siendo materia de noticias y documentales que informan a la población sobre los efectos del cambio global. No obstante, subyace una gran interrogante, aún no respondida y que es motivo de controversia: ¿hasta qué punto la especie humana es responsable de tales cambios?

La investigación científica ha entregado incesantemente pruebas que vinculan la actividad humana con muchos de los factores desencadenadores de estos cambios. Por ejemplo, en el Quinto Informe de Expertos de Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, sigla en inglés de Intergovernmental Panel on Climate Change) se afirma que es sumamente probable (entre un 95 % a 100 % de certeza) que la influencia antropogénica haya sido la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX. Expresando, además, la probabilidad de que más de la mitad del aumento observado en la temperatura media global en superficie, en el período de 1951 a 2010, haya sido causado por la combinación del incremento de las concentraciones de gases de efecto invernadero (vapor de agua, dióxido de carbono, metano y óxido nitroso) de nuestra civilización y de otros forzamientos antropógenos. Esta afirmación se funda en el análisis de los antecedentes publicados en cientos de artículos científicos revisados por 259 expertos de 39 países.

Cabe recordar que una importante fuente de emisión de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera es la quema de combustibles fósiles y biomasa (gas natural, petróleo, combustibles y leña) en la industria, el transporte y las actividades domiciliarias. Los incendios forestales igualmente son una fuente de CO2 atmosférico.

Dentro de las evidencias de cambios, en el área de la península Antártica, territorio donde Chile concentra sus actividades, se exhibe un calentamiento promedio de la temperatura del aire de 3 °C en los últimos 60 años. Esto es cuatro veces mayor que el promedio global del planeta en los últimos 100 años (0.74 °C). Consecuentemente, los hielos retroceden y se adelgazan. Esto también se ha evidenciado en la Patagonia. A los pies del monte Sarmiento ubicado en la cordillera Darwin, en Tierra del Fuego, el glaciar Schiaparelli se reduce rápidamente. En solo ocho meses, entre agosto de 2013 y abril de 2014, hemos medido un adelgazamiento de nueve metros.

Esta realidad preocupante nos posiciona como un lugar excepcional para estudiar estos cambios. Desde el punto de vista científico, somos muy afortunados, estamos localizados en uno de los laboratorios naturales del planeta. La ciencia requiere más certezas y resultados, y siempre surge otra pregunta que responder. Para estos fines, nuestra localización geográfica resulta ser una gran ventaja.

Los desafíos son urgentes. Más allá de la evidencia, los antecedentes nos indican que es necesario adaptarnos a los cambios y mitigar los impactos. Una respuesta en ese sentido es el compromiso asumido por la presidenta Michelle Bachelet, en Nueva York, en la última Cumbre Climática de Naciones Unidas.

La máxima autoridad nacional afirmó que un 45 % de la capacidad de generación eléctrica que Chile instalará de aquí al 2025, provendrá de fuentes energéticas renovables no convencionales. Dijo que no hay tiempo para la inacción y que se debe empezar a mitigar con políticas de Estado los impactos de origen antrópico que contribuyen al cambio climático. También aseguró que se aplicarán impuestos a las emisiones de CO2 de aquellas fuentes fijas que superen los 50 megavatios de generación térmica. Esto sobre la base del convencimiento de que “el cambio climático produce inequidad, pues los más pobres sufren con mayor rigor sus consecuencias”.

Esta es una señal política potente desde el punto de vista del Estado. Pero, sin duda, falta sumar el compromiso personal de cada ciudadano para conseguir resultados a largo plazo. Los magallánicos estamos llamados a ser protagonistas no solamente por estar ubicados en una de las atalayas privilegiadas de la Tierra para observar lo que se viene, sino también por la responsabilidad de frenar nuestra contribución insensible a este problema global en lo cotidiano.

Por lo pronto, debemos fomentar la toma de conciencia en estos temas. Visitar las escuelas, informar a través de los medios de comunicación y asumir un rol activo como padres y ciudadanos. En este escenario, es estratégico educarnos en el día a día en una cultura de la mitigación de los impactos de nuestro accionar en el medioambiente y sembrar la vocación científica y técnica en los jóvenes. En el fondo, contribuir a la formación de una opinión pública y de capacidades de investigación, con el fin de prevenir los problemas que se nos vienen en el futuro como civilización.

Una provocación final. Espero que la próxima vez que le pregunten sobre a quién le importa el cambio global, usted exclame al igual que yo: ¡a nosotros, los magallánicos!