Instituto Antártico Chileno

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Las puertas secretas de Punta Arenas

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Publicado
13 de oct del 2014

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Por Reiner Canales, periodista
Depto. de Comunicaciones y Educación, Instituto Antártico Chileno

En febrero, en la somnolienta sucesión de noticias que mecen el verano, supimos del remate del Hotel Ritz, de la familia Vucetic-Sakel, ubicado en la esquina de Jorge Montt con Pedro Montt. (Mi abuelo Tomás Canales tuvo que hacer algo similar en los años sesenta: llevar adelante casi solo el cierre del Hotel Cosmos, donde trabajó desde 1936). Mi interés era variado; quería, sobre todo, revisar el libro de visitas del Ritz. En su famosa crónica de viaje “In Patagonia” (1977), el escritor inglés Bruce Chatwin termina su largo periplo por el sur de Argentina y Chile entre las azules paredes de este hotel. Atrás quedaban nombres de cautivadora resonancia: Gaiman, Trelew, Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch, Butch Cassidy, Soto Canalejo, Milodón, Shackleton, Bridges, Milward…

Son muchas las personas que han viajado a la Patagonia siguiendo las huellas de Chatwin, de seguro con la esperanza confirmar in situ su relato. El remate del Ritz me daba justamente esa posibilidad: probar que Chatwin estuvo ahí.

Cada ciudad es dos ciudades a la vez: la de los habitantes y la de los transeúntes. Como las monedas, tienen una sola materialidad, pero sus caras son diferentes y miran hacia distintas direcciones.

Ciertos temas son puertas secretas que nos permiten ir de una ciudad a otra, descubriendo en el tránsito una realidad aumentada de conocimiento. Patagonia y Antártica son dos de esas puertas, ambas presentes en las páginas de Chatwin y también en la guía publicada por el INACH “Huellas antárticas en Punta Arenas y el estrecho de Magallanes”.

Con esta guía (editada en español y en inglés, y disponible en www.inach.cl), tanto el habitante como el viajero pueden recorrer estas calles atravesando los umbrales del tiempo para encontrarse con Robert Falcon Scott depositando unas cartas a un costado del Hotel Cabo de Hornos, con Shackleton bajando desde el chalet Milward (casa del tío abuelo de Chatwin y actual sede de El Pingüino) hacia el Club Británico (actual tercer piso del Banco de Chile) en la organización del cuarto intento de rescate de su tripulación náufraga en la isla Elefante, o con el explorador noruego y conquistador del polo sur Roald Amundsen visitando el cuartel de la Primera Compañía de Bomberos junto a Adrien de Gerlache. También podrá visitar lugares donde actualmente hay una oferta de servicios relacionados con la Antártica (artesanía, pintura, gastronomía, museos, libros).

Las ciudades que basan su atractivo en la historia deben esforzarse doblemente: por un lado, deben mantener su infraestructura patrimonial (edificios, calles, parques, etc.) y, por otro, deben procurar servicios de calidad, con personal capacitado, con productos que hagan del patrimonio algo vivo y seductor, con información fidedigna, completa y asequible al público general y al turista nacional e internacional.

Finalmente, no pude ir ese lunes a las 18 horas al remate del Ritz, que daba término a una larga historia familiar ligada a la hotelería magallánica. Tampoco pude ratificar el dato de Chatwin, pero es un hecho que por Punta Arenas ha pasado mucha gente que ha contribuido a formar una imagen de ella, en la mayoría de los casos, invisible para sus habitantes, ya que se trata de una imagen construida en las afueras.

Con la primavera y el verano vendrán esas tardes deliciosas (“The Strait was flat, calm blue and we could see the double white crown of Mount Sarmiento”. Chatwin, p. 144) en las que un paseo por la costanera puede ser el primer paso para ir en busca de las puertas secretas de Punta Arenas.