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Mitos de la Antártica: tierra fértil para la ciencia ficción

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Publicado
14 de ene del 2015

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Boletín Portada prensa

Por Marcelo Leppe, doctor en Ciencias
Departamento Científico, Instituto Antártico Chileno

El 2005 la UNESCO a través de su World Report intenta consensuar el concepto de “Sociedad del Conocimiento”, definiéndolo como aquellas sociedades humanas que generan, procesan, comparten y hacen disponible a todos los miembros de la comunidad conocimiento que puede ser usado para mejorar la condición humana. Una sociedad del conocimiento se diferencia, entonces, de la “Sociedad de la Información” en que la primera sirve para transformar la información en recursos útiles para tomar acciones efectivas, más allá de la creación y acumulación de datos crudos.

Según su acepción original (Lane, 1966) en una sociedad del conocimiento sus integrantes discuten sus creencias sobre el hombre, la naturaleza y la sociedad, guiados siempre por estándares objetivos, que se validan con reglas científicas de evidencia e inferencia, utilizando este conocimiento para iluminar sus valores y metas, pudiendo también cambiarlos.

Sin más, adhiero a este hermoso sueño. Sí, digo sueño, pues la sociedad del conocimiento solo puede alcanzarse montado sobre pegasos como la educación de calidad, investigación científica y tecnológica, estructuras políticas ilustradas y actores culturales que confluyan en aproximaciones interdisciplinarias y transdisciplinarias.

Un ejemplo clásico de por qué considero a la sociedad del conocimiento aún un sueño más que una realidad, es la Antártica y el halo de misterio que la rodea incluso en el siglo XXI. Más de un siglo después de la expedición antártica de Adrien de Gerlache (1897-1899), que da comienzo a la “época heroica de la exploración polar”, todavía existe en el inconsciente colectivo la creencia de que ovnis, seres alienígenos, civilizaciones perdidas, entradas a la Tierra hueca y animales prehistóricos pueden cobrar vida en el Continente Blanco más que en cualquier otro lugar del planeta.

La creación de los mitos sobre la Antártica se encuentra entrelazada con las dificultades para su exploración. Una serie de literatura fantástica, con autores más o menos conocidos, ha intentado cautivar con relatos basados en expediciones reales. “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, novela publicada en 1838 por Edgar Allan Poe, es considerada el puntapié inicial en el género de la ciencia ficción polar y también es inspirada por un hecho real: la expedición de Charles Wilkes (1798–1877) a la península Antártica.

La construcción de la Antártica fantástica es alimentada también por Julio Verne y su obra “La esfinge de los hielos” (1897), secuela que relata la búsqueda de Pym; y H. P. Lovecraft, con “En las montañas de la locura” (1936), con evidentes guiños a la obra de Poe. Unos años antes de la obra de este, el oficial de infantería norteamericano John Cleves Symmes, Jr. (1818) había lanzado su teoría sobre la Tierra Hueca, con aperturas en ambos polos. Symmes se ofreció a liderar una expedición al interior “habitable” de la Tierra, con el fin de anexarlo para los Estados Unidos. Al parecer, la expedición solo floreció bajo la pluma de Adam Seaborn en 1820, en su “Symzonia”.

En la actualidad, desde nuestra arrogante modernidad, tal vez encontremos inverosímil el relato de muchos de estos autores, sin embargo, en su época varios de estos textos fueron tomados por relatos verídicos y por mucho que los autores aclararan su origen ficticio, la escasez de información y educación no hizo más que alimentar estos mitos.

En ese contexto, ad portas del 2015, hoy pregunto: ¿habrá alguna diferencia con la sociedad de principios del siglo XIX?, ¿reaccionaríamos de otra forma? Una pista es lo que ocurrió con nuevas ficciones literarias generadas por autores como Miguel Serrano, escritor chileno que en 1947 partió a la Antártica con el firme propósito de buscar la entrada a la “Tierra Hueca” y el “Oasis del Hielo”. En 1948 publicó “La Antártica y otros Mitos” y diez años después “Quién llama en los hielos” (1957), donde expone su teoría de los antiguos habitantes de la Antártica y del continente del futuro. Fue reconocida la influencia de Serrano en algunos círculos intelectuales de mediados del siglo XX, pero ¿alguien realmente ha tomado en forma seria las ideas de entradas a un mundo subterráneo habitable y con habitantes o las ideas de civilizaciones de seres arquetípicos o alienígenas? ¡Al parecer, sí! Un hito en la historia del mito antártico del siglo XXI está representado por una noticia viralizada en la web en agosto de 2012, donde se señala que un equipo de investigadores rusos y norteamericanos habría encontrado pirámides en la Antártica. La no despreciable cantidad de 980.000 notas en páginas de internet, dan cuenta de lo vulnerables que somos a creer en una Antártica esotérica o metarracional.

Hoy se sabe que el grupo de científicos rusos y norteamericanos nunca existió, que las fotos exhibidas como evidencia eran una pobre interpretación de estructuras producto de la actividad glacial y de volcanismo, y que las imágenes de Google Earth fueron maliciosamente alteradas. Del mismo modo, un set de imágenes alteradas muestra desfiles de ovnis sobre los cielos antárticos, en pobres montajes de fotografía digital. Sin embargo, el mito ya ha sido creado y un 50 % de los infectados por la virulenta noticia aún cree que se trata de una conspiración para ocultar la existencia de civilizaciones polares ancestrales. La ciencia puede arrojar luz sobre estas nebulosas. Actualmente podemos afirmar que bajo los hielos antárticos hay roca y una compleja red de lagos subglaciares. Hasta ahora, las evidencias humanas más antiguas se remontan a las primeras exploraciones de navíos de principios del siglo XIX, no hallándose prueba física alguna de visitantes previos. La ciencia también nos dice que el continente fue durante la mayor parte de la historia natural un territorio verde y poblado de bosques y animales, y que comenzó a adoptar su actual configuración, de desierto frío, hace unos 30 millones de años, en un proceso que tomaría 20 millones de años. Nosotros como especie humana (Homo sapiens) no llevamos más de 600 mil años sobre la Tierra y nuestros antecesores del género Homo no más de 1,5 millones de años, esto es, 28 millones de años después de que la Antártica se separara del resto de los continentes y 10 millones de años después de que se hubiera congelado totalmente.

Definitivamente, la combinación extraterrestres-civilizaciones ancestrales-Antártica, en la actualidad continúa teniendo una alta influencia en la opinión pública. Más de un siglo de investigación científica no ha logrado cambiar esa percepción popular. He aquí una gran tarea para nuestra soñada sociedad del conocimiento.