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Publicado
25 de ago del 2015

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Pocas personas del mundo tienen el privilegio de conocer la enigmática y soñada Antártica, un territorio lejano e inalcanzable para muchos, pero en mi caso tuve la suerte de integrar la Expedición Antártica Escolar, viajar al Continente Blanco y hacer realidad un sueño de toda mi vida y con ello de alguna manera coronar mi vida académica desarrollada durante treinta y siete años. ¿Cómo no sentirse dichosa con este maravilloso premio?

El pasado verano, exactamente el 19 de febrero de 2015, partió mi añorado y ansioso viaje a la Antártica. El vuelo fue muy grato y tranquilo; yo pensé que sería más turbulento y en un avión menos cómodo, pero ese día experimenté quizás las emociones más fuertes de todo el viaje: primero cuando avisan en el avión de Aerovías DAP que estamos a punto de aterrizar y luego cuando el avión toca con sus ruedas la pista de tierra. Mi emoción fue tan grande que se llenaron mis ojos de lágrimas y más de algunas rodaron sobre mis mejillas. Luego, al momento de tocar con mis propios pies la Antártica, casi no podía creer que estaba ahí y mi emoción fue total y profunda.

Luego de aterrizar nos trasladamos a pie hacia la base “Profesor Julio Escudero”, del Instituto Antártico Chileno. La falta de estado físico o quizás la gran carga de emoción me pasan la cuenta y al final del día me siento muy cansada. Al día siguiente, ya renovada, tenemos la oportunidad maravillosa de conocer una enorme mole de hielo, me refiero al glaciar Collins, la travesía en lancha hasta el lugar fue impresionante, pudimos visualizar trozos de hielos flotando y encontrarnos con una ballena y dos focas leopardo. Frente a la imponente pared glaciar, apoyamos a la microbióloga brasileña Dra. Emma Kuhn y su equipo en la toma de muestras de suelo.

Al día siguiente, nuevamente vivimos la emoción de navegar, esta vez en botes zódiac y bien abrigados, ya que el frío y el viento polar se hacían sentir. Fuimos a la isla Ardley y aún no dimensiono la sensación y gozo de ese paisaje sobrecogedor que me hizo reflexionar acerca de lo vulnerables que somos frente a la imponente naturaleza. En la isla, con la guía del Dr. Javier Arata, observamos una gran colonia de pinguinos. Yo sentí que ahí habitaban los seres más amigables y confiados que he conocido. Al regreso, ese mismo día, fuimos otras bases chilenas cercanas al lugar donde vivimos esos días. Visitamos la base Frei, de la Fuerza Áerea de Chile, y parte de Villa Las Estrellas, además de la Capitanía de Puerto de Bahía Fildes, de la Armada de Chile.

El día domingo, nuestro tercer día de estadía, visitamos la base china “Great Wall” y la base rusa “Bellinhausen”, un intercambio cultural muy ameno y no imaginado por mí antes del viaje. Además, tuve la oportunidad de conocer la hermosa iglesia que tienen los rusos emplazada en este lugar lejano del mundo.

Llegado el día lunes, día de retorno, me invade una sensación de tristeza mezclada con un gozo gigante por tener que dejar este inolvidable y majestuoso lugar. Esta aventura de acento científico, quedará para siempre en mí. Los recuerdos recurrentes e imborrables son esa llegada al territorio más desconocido y puro del planeta. Gracias a la Feria Antártica Escolar del INACH tuve la oportunidad de vivir esta inolvidable experiencia.

Animo a profesores y estudiantes de todo Chile a atreverse a investigar y participar de esta iniciativa. Tal vez puedan vivir lo mismo que yo.

glaciar

Mercedes Carrasco Oyarce
Ex Profesora de Biología y Ciencias Naturales
Windsor School de Valdivia