Instituto Antártico Chileno

Captura de pantalla 2016-09-06 a las 11.49.08 a.m.

Dos científicos chilenos cuentan su vida en el Continente Blanco

Ud esta en: home > noticias > Dos científicos chilenos cuentan s...
Publicado
6 de sep del 2016

Buscar por

prensa

· Un artículo del diario electrónico El Definido, nos relata la experiencia de dos jóvenes científicos chilenos en la Antártica.

eldefinido

Renato y Paula son dos científicos chilenos que han vivido durante meses en la Antártica: saben de rocas, lobos marinos, hielos y soledades. Hoy relatan, en detalle, cómo es vivir aislado en el lugar más remoto y helado del planeta.

Despertar en la mañana en una isla desierta. Y no precisamente en un entorno paradisíaco. Aquí no hay palmeras ni mojitos, sino muchas rocas. La lluvia torrencial se reemplaza por intensas tormentas de nieve. Y el agua cálida es aquí un gélido océano, que en invierno se congela y en verano da paso a la vida: lobos marinos, ballenas y pingüinos. Vestirse y salir al aire libre a investigar es un desafío, que se enfrenta gracias a una pasión irrefrenable por conocer nuestro planeta, por develar los misterios tras cada piedra, tras cada pedazo de hielo y cría de animal.

Los científicos chilenos que pasan la temporada de verano en la Antártica no le temen al frío. Y tampoco le temen a la soledad, pues disfrutan de ella. Dos de ellos hoy comparten con El Definido sus experiencias en el Continente Blanco: el silencio, los peligros, la comida, el frío, sus profundos sentimientos y su amor por la ciencia.

 Renato y Paula

Renato Borras Chavez  es biólogo marino y candidato a Doctor en la Universidad Católica de Chile, su tema de investigación es la ecología de forrajeo en ambientes extremos, particularmente el lobo marino. En otras palabras, Renato se dedica a conocer los hábitos de los lobos marinos en la Antártica, contándolos, analizando sus heces, midiéndolos, conociendo a sus crías, etc.

Él ya ha viajado en tres ocasiones a la Antártica y ha hecho de todo: buceo científico, ha permanecido durante cinco meses aislado junto a otras cinco personas en una remota isla llamada Livingston, en el límite norte de la Península Antártica, y ha vivido a bordo de buques de la Armada durante meses.

Paula Castillo es geóloga y se especializa en geología isotópica aplicada a reconstruir el margen pacífico de Gondwana. Es decir, estudia las rocas y los sedimentos de la Península Antártica con el objetivo de definir la conformación de Gondwana (un antiguo bloque continental) en lo que hoy es el Océano Pacífico. Paula ha viajado en cuatro ocasiones a la Antártica y también ha pasado por experiencias extremas: ha acampado en las montañas, ha navegado en buques de la Armada y ha escalado difíciles rocas y montañas con ayuda de andinistas para llegar a los sitios de su interés científico.

Captura de pantalla 2016-09-06 a las 11.16.02 a.m.

Ambos se entusiasmaron con la propuesta de contar al mundo cómo es la vida durante las temporadas de verano que pasan en el Continente Blanco. Aquí va su historia:

El día a día en la Antártica

Mientras Renato estuvo en Cabo Shirreff (Isla Livingston) estudiando mamíferos, compartió su estadía con otros cinco científicos estadounidenses. Eran, únicamente, seis personas sobre una isla. De lunes a sábado, tomaban un buen desayuno y luego se dividían las playas para ir a contar las hembras de lobos marinos que habían vuelto de sus “viajes de alimentación”. Lo que les urgía saber, era si las crías seguían ahí, esperando a sus madres, o habían muerto.

Volvían a almorzar y luego habían dos opciones: capturar lobos marinos y anestesiarlos para estudiarlos, o bien, dedicar sus horas a analizar sus fecas si, por ejemplo, no los encontraban o había mal clima. Renato agrega que “en términos humanos, hay que ser muy relajado para no chocar con otras cinco personas que conoces hace poco. Generalmente, todos cedían un poco y en general nos llevábamos muy bien; de haber sido un reality show no habría vendido mucho porque no teníamos muchos conflictos. La escases de privacidad te cansaba.

La cena era la comida más grande y nos turnábamos un día cada uno para cocinar. Sobre esta actividad se generaba mucha conversación, nos dábamos las recetas, ¡hacíamos postres! Era la manera de mantener la monotonía a raya y es por eso que la base cuenta con los más inimaginables ingredientes para cocinar, teniendo en cuenta que estábamos en la Antártica. Por ejemplo, cuando me tocó cocinar me enfoqué en hacer casi puros platos chilenos, ¡pude hacer incluso pastel de choclo!Asado de cordero, chupe de centolla, etc. ¡Incluso teníamos el soplete para hacer Crème brûlée! Todo esto auspiciado por la base estadounidense, la cual llegaba en barco y trasladaba estos alimentos. Generalmente el postre lo comíamos viendo una película o una serie, no hay internet en este lugar”.

Captura de pantalla 2016-09-06 a las 11.37.49 a.m.

El caso de Paula fue distinto: “En las montañas Ellsworth era complicado, ya que acampando y con luz las 24 horas del día, era difícil seguir una rutina. Si había buen tiempo, podíamos tener unas 14 horas de trabajo seguidas. Siempre tratábamos de tener al menos unas ocho horas de sueño, tomar un desayuno contundente y mucha agua con minerales. La comida y el agua eran muy importantes. Para tener agua teníamos que derretir nieve, lo que podía demorar un par de horas, para luego agregarle polvos con minerales. No tomábamos té, ni café, ni mate, pues podían deshidratarnos.

La comida era especial para climas fríos, deshidratada, alta en calorías y proteínas.Teníamos que comer mucho, porque se pierde mucha musculatura si no haces. Después del desayuno, salíamos en motos de nieve con trineos, en esquís o con crampones, dependía de la pendiente y de si estaríamos sobre nieve o hielo. Para llegar a las rocas, llevábamos materiales para escalar. Era complicado y podía llegar a ser muy peligroso, por eso íbamos con andinistas que nos ayudasen. Para transportarnos necesitábamos imágenes satelitales, así sabíamos donde estaban las grietas y podíamos evitarlas”.

Solos en la nieve

Frente a la pregunta de cómo se sentía sólo en una isla durante tantos meses, Renato comparte una particular experiencia interior: “Esta pregunta es muy difícil, principalmente porque no hay punto de comparación que ayude a otro a entender lo que es estar en un lugar así. He estado en varias partes aisladas, incluso en el continente antártico, pero allí el acceso a la comunicación sigue siendo muy bueno y existe una comunidad bastante amplia como para no notar lo aislado que se está. Pero Isla Livingstone es la naturaleza y tú. Me gusta pensar que la esencia de nuestra existencia y el `core´ de la tierra conservan profundamente la misma libertad y tranquilidad, la cual te genera mucha paz, la paz que te recuerda que al final del camino todo va a estar bien, que podemos vivir sin tantas cosas materiales y no será el fin del mundo. Que el dinero es irrelevante en el formato más profundo de la vida (¡No tener sistema monetario por 5 meses es muy interesante!). Esto no es hipismo, es simplemente la sensación de vivir en lugares que te permiten sentir y expresar que estás en lo correcto. El silencio absoluto también es otro factor muy impresionante. No creo que me canse de realizar este tipo de viajes”.

Paula se sentía muy cómoda en este ambiente, relata que “todo depende de la personalidad de cada uno. Hay una cierta selección natural con la gente que trabaja allá. Algunos van y odian las condiciones, pero otros las amamos y sólo queremos volver a ir. Hay que ser flexible, ya que la mayoría de los planes no funcionan y hay que aplicar plan B, C y D. Podemos pasar días enteros en una carpa pequeña, llevar libros, entretenernos con cosas simples. Yo, en particular, me siento mas nerviosa cuando vuelvo de terreno. En general cuando estoy allá me desconecto y disfruto”

La paleta de colores antártica

Una inquietud que muchos tienen, es cómo son los colores de la Antártica, ¿es todo blanco?, ¿cansará? De acuerdo a Renato, “no está blanco toda la temporada. A fines de enero y durante todo febrero hay mucha lluvia, la nieve se derrite y se forma un desierto rocoso también muy bello. A esto se le suma que la base está al lado del mar, lo que te aporta con otro paisaje más decorado por icebergs y ballenas. Es mucho más colorido de lo que se cree”. Y Paula agrega: “¡Hay muchos colores! ¡Nunca deja de sorprender! Sobre todo el hielo, con distintos azules y formas raras. En todo caso siempre presto mas atención a las rocas (deformación profesional)”.

Los comunes mortales, ¿podremos conocer la Antártica algún día?

 Renato insiste en que es posible. “Sí. ¿Y saben por qué? Porque yo soy un común mortal. Nací en Maipú y soy de clase media con poco lujo. En la Antártica no importa tu estatus o tu dinero. He aprendido de mucha gente que conoció este lugar sólo porque indagó bien cómo poder llegar. Además, cada vez es más fácil, la gente sigue creyendo que es imposible, pero las comodidades que hay hoy en el lugar, ni se parecen a las que sobrevivieron personajes históricos como Shackleton. Hay incluso ciertas bases que son pequeñas ciudades, nada que envidiarles a pueblos pequeños en el continente. Hoy hay acceso a ciertas zonas incluso como turistas, y no es tan caro para lo que implica”.

Sin embargo, Paula no está tan segura de que sea barato y accesible para todos: “Yo creo que es posible, pero es mas fácil siendo científico o de las Fuerzas Armadas, para el caso de Chile. Hay bases turísticas y también cruceros que van a distintas partes. Pero es muy caro”.

Captura de pantalla 2016-09-06 a las 11.49.08 a.m.

El futuro del Continente Blanco

¿Qué le espera a la Antártica? ¿Cuál es el futuro de un continente reclamado por tantos países y víctima del calentamiento global? Según Renato, esta “es una pregunta demasiado compleja como para contestarla brevemente. El futuro del continente es incierto, el derretimiento de los hielos y la aceleración de la temperatura se encuentran ya modificando el ecosistema Antártico, modificaciones que perjudican a algunas especies y favorecen a otras que amplían sus rasgos de distribución. La intensificación de eventos como el Niño también pueden tener un efecto sustancial en las poblaciones a lo largo del tiempo. El krill es una especie que tiene gran relevancia para sostener el ecosistema antártico. Creo que con la industria de extracción de krill en aumento, sumado a los cambios asociados al acelerado aumento de la temperatura, podría haber un colapso que me preocupa en términos de la biodiversidad presente en el continente. Hay que entender que se vienen cambios considerables y que piden a gritos a los científicos cuantificarlos y medirlos. Pero no es claro hacia dónde van esos cambios aún. Se tienen nociones, pero en eso estamos”.

Y Paula tiene muchas dudas, aunque le gustaría pensar que permanecerá como un territorio virgen: “No lo sé. Mi lado optimista piensa que la Antártica debe ser de todos, mantenerse lo más natural posible, sin acceso de armas y con objetivos científicos. Mi lado pesimista piensa que es muy probable que llegue un momento en que primen los intereses económicos, y la extracción de recursos naturales de la Antártica se haga más y más rentable, lo que podría hacer cambiar las políticas actuales”.

Los análisis que ambos científicos realizan en cuanto al futuro del Continente Blanco, apuntan a dos desafíos que las naciones deberán enfrentar en el futuro próximo: las consecuencias del cambio climático y la gran pregunta que ronda en las agendas de varios gobiernos, ¿de quién es la Antártica? Mientras, los científicos chilenos y del mundo entero, seguirán investigando e intentado conocer más sobre la esencia y la naturaleza del pedazo de tierra más helado de nuestro planeta.

 

 

Por María Jesús Martínez Conde

El Definido