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Impactos globales y locales de la ciencia antártica

Por Dr. Marcelo González Jefe del Departamento Científico (INACH)

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A la Antártica se la ha definido como un continente dedicado a la paz y la ciencia. Este lema, que para los más escépticos podría no tener gran crédito, se confirma cuando analizamos la historia del siglo XX, que ya vemos lejano. El Año Geofísico Internacional de los años 1957-58 dio inicio a esfuerzos colaborativos a nivel de 66 países interesados en estudiar la atmósfera y la Tierra, como también las regiones más extremas del planeta. Ni la Guerra Fría logró impedir que este tipo de iniciativas, novel para la época, pudiera desarrollarse.

El impacto del programa señalado logró poner a la humanidad entorno de la investigación espacial, por medio del lanzamiento de satélites, que hasta el día de hoy nos asombra. Sin ir más lejos, la sonda Rosetta aterrizó en septiembre de este año en el cometa 67P/Churiumov-Guerasimenko para estudiar su composición, entender el origen de los océanos y el origen de la vida en nuestro planeta.

El descubrimiento del agujero de ozono en la Antártica en los años ochenta modificó a escala mundial la forma de comportarse respecto de la emisión de compuestos químicos a la atmósfera. A partir de datos científicos contundentes, la política debió lograr acuerdos como el Protocolo de Montreal, que en 1987 eliminó de manera progresiva el uso y producción de compuestos fluorocarbonados que destruyen la capa de ozono.

Los proyectos de bioprospección de microorganismos antárticos, de diseño y operación de vehículos no tripulados para exploración de ambientes extremos o el desarrollo de taladros capaces de perforar lagos subglaciares de varios cientos de metros de espesor, son otros aportes conocidos de la ciencia polar.

Hace solo dos años, la comunidad científica antártica representada por el SCAR (Scientific Committee on Antarctic Research) convocó a 75 científicos y responsables políticos de 22 países para ponerse de acuerdo sobre las prioridades de investigación para el mediano y largo plazo en el Continente Blanco. Esta ha sido la primera vez que la comunidad antártica internacional ha formulado una visión colectiva a través de discusiones, debates y votación. Chile no estuvo ajeno a este proceso en el que participaron dos expertos nacionales, ambos del Instituto Antártico Chileno (INACH). En la ocasión, se establecieron seis prioridades: definir el alcance global de la atmósfera de la Antártica y el océano Austral; entender cómo, dónde y por qué las capas de hielo pierden masa; revelar la historia de la Antártica; aprender cómo evolucionó y sobrevivió la vida antártica; observar el espacio y el universo; y reconocer y mitigar las influencias humanas.

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Magallanes, base para la ciencia polar de impacto mundial

El Programa Nacional de Ciencia Antártica (Procien) se ha vinculado a estas prioridades y vemos cómo varios de sus 91 proyectos están abocados a comprender mejor estas problemáticas, por ejemplo, caracterizando la respuesta de la península Antártica al aumento de la temperatura del aire y del mar, a la acidificación del océano Austral y su posible impacto sobre las pesquerías de bacalao y kril. Este programa articula el trabajo de 21 universidades y centros de investigación en ciudades como La Serena, Viña del Mar, Santiago, Chillán, Concepción, Valdivia, Punta Arenas y Puerto Williams, entre otras.

Recientemente, investigadores del Procien publicaron estudios de la planta invasora Poa annua (un pasto que se encuentra en muchas zonas de Chile) o la presencia en aguas cercanas a las bases antárticas de bacterias de origen humano que son portadoras de genes de resistencia a los antibióticos. Así, podemos valorar el aporte de nuestra ciencia a las tendencias globales preocupadas del medioambiente y el impacto del cambio climático sobre éste. De la misma manera, investigaciones más aplicadas como el estudio de nanomateriales obtenidos desde bacterias antárticas o moléculas obtenidas de una planta antártica que son capaces de controlar células cancerígenas, podrán tener en el futuro impactos locales con proyecciones globales que incidirán en la economía de nuestro país.

La ciencia antártica chilena ya no es una promesa: se ha convertido en una fuente respetada de conocimiento utilizando a Punta Arenas como base y puerta de entrada al continente de la esperanza humana.

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