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Antártica, el continente que nos habita

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Por Reiner Canales Jefe del Departamento de Comunicaciones y Educación (INACH)

Patricio Manns en “Cantiga de la memoria rota” habla de playas que nadan, rumores que escuchan, caminos que pisan y de la “casa que me habita”: no solo podemos habitar un lugar, sino que hay lugares que nos habitan a nosotros, sitios que ejercen un influjo que determina incluso lo que somos.

La Antártica es un poco eso: una región a la que muy pocos podrán llegar, pero que, no obstante, nos habita. El 6 de noviembre celebraremos el Día de la Antártica Chilena, una fecha que irá creciendo en importancia en los próximos años, porque ella ha ido creciendo en nosotros.

Una simple revisión a los medios de comunicación regionales muestra el aumento de las noticias relacionadas con el Continente Blanco. Esto es un mérito compartido por las varias instituciones públicas y privadas que han centrado su quehacer o parte de este en el ámbito polar.

El Tratado Antártico de 1959 dedica este territorio a fines científicos. La radicalidad de la decisión nos forzó a algo extraordinario: a relacionarnos con el mundo en lógicas de colaboración y conocimiento. La Antártica, como ningún otro continente, está cruzado por el saber y, por ello, nos permite hablar de ciencia desde la trama misma de la vida, desde su origen natural hasta nuestro futuro como sociedad.

Magallanes, región antártica, ya habita ese futuro y esa es una muy buena noticia para contar. El tema es cómo contarla.

El “día después” de la comunicación científica

Creemos en los científicos, confiamos en el conocimiento que produce la ciencia, pero preferimos que nuestros hijos e hijas estudien una carrera que les permita pagar con mayor tranquilidad sus cuentas a fin de mes. Esta podría ser una lectura cínica de algunos resultados de la reciente Encuesta Nacional de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología en Chile, presentada por Conicyt.

No solo eso: a pesar de su validez como conocimiento, no operamos en la vida cotidiana con una racionalidad científica ni parecemos muy dispuestos a pedir más contenidos de ciencia en los medios de comunicación. De hecho, la misma encuesta muestra que hay amplios sectores de la población que creen en los milagros o en los poderes psíquicos.

Quizás por esto, quienes trabajamos en la divulgación de la ciencia estamos convencidos de que hay mucho por hacer, mucho por avanzar y así se manifiesta en encuentros y congresos del ramo.

Pero, ¿cómo es el “día después” de quienes participan en estas reuniones? La realidad es inquietante en su diversidad: hay científicos que vuelven a sus universidades a continuar con sus investigaciones, hay científicos que simplemente no tienen proyectos, hay funcionarios públicos que retornan a sus múltiples tareas, hay periodistas que buscarán llevar a buen puerto los contactos que hicieron para escribir una nota, hay científicos que persistirán en la enseñanza de ciencia a no científicos, hay diseñadores asombrados por las infinitas posibilidades disponibles para mostrar una idea, etc.

El “día después” de la divulgación científica es una heterogénea trama de intereses de personas que solo parecen confluir en estos encuentros para reafirmar ante sí mismos su propia convicción.

Para superar esta visión cínica de lo que hacemos, lo primero es aceptar nuestra realidad: estamos más preocupados de hacer cosas que de evaluarlas. Nos consume tanto tiempo y recursos cumplir con la ejecución de actividades y productos establecidos de antemano, que no tenemos tiempo, recursos ni fuerzas para averiguar cómo lo hicimos. Cuando terminamos una nota, una revista, un documental, solo nos queda pensar en la próxima nota, la próxima revista, el siguiente documental, sin ver qué tal nos fue: ¿cuántas personas entendieron el reportaje?, ¿qué piensan los lectores de aquel sitio web?, ¿pudo haber tenido otro enfoque?, ¿qué opinó el público de la sala de cine?

La evaluación nos permitirá conformar un vocabulario común para nuestros diálogos como divulgadores.

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A ciegas con un mapa de fe

Es un hecho que no existen los presupuestos adicionales para precisar adecuadamente el impacto de nuestro trabajo. Hemos podido establecer ciertos indicadores que nos sirven en el corto plazo, pero se nos ha hecho cuesta arriba ir más allá de eso.

Tener mayor claridad sobre el alcance de lo que hacemos en divulgación nos permite reorientar, cambiar, priorizar tareas basándonos en datos o evidencias y dejar de movernos en un cuarto oscuro con el mapa de fe al que nos habíamos acostumbrado o que habíamos heredado. El hábito y la inercia son fuertes, haciendo arduo cualquier proceso de revisión de prácticas.

Los deberes de la audiencia

Las responsabilidades y desafíos no están solo del lado del divulgador. El público, la audiencia, los lectores, en definitiva todos nosotros como sujetos de una sociedad y de una cultura, también debemos poner de nuestra parte.

Si somos una audiencia plana, sin exigencias, entonces, tendremos lo que merecemos. Cuando volvemos del trabajo, ¿qué programas vemos?, ¿qué música ponemos en la radio?, ¿qué sección es la primera que leemos en el diario?

Si somos malos “consumidores” de contenidos, no pidamos a los medios que se esfuercen por hacer algo que no sabremos apreciar. Y esto vale, por supuesto, para los contenidos de ciencia y tecnología que no nos harían nada de mal.

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