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Raúl R. Cordero, investigador antártico: “En los últimos 40 años el clima del hemisferio sur ha cambiado más por el agujero de ozono, que por el cambio climático”

Raúl Cordero

Estación de monitoreo en isla Rey Jorge.

Durante la década de los setenta se publicó el primer estudio que advertía sobre las consecuencias de la emisión a la atmósfera de clorofluorocarbonos (CFC). El estudio de 1974 liderado por el nobel mexicano Mario Molina alertaba del peligro de que estas sustancias desencadenarían la destrucción de la capa de ozono y el consiguiente aumento de la radiación ultravioleta, con terribles consecuencias para los seres humanos, animales y vegetación.

En 1985 un equipo del British Antarctic Survey verificó la existencia de un agujero en la capa ozono en la Antártica causado por las elevadas concentraciones de CFCs, acelerando ese mismo año la aprobación en la ONU el Convenio de Viena para la Protección de la Capa de Ozono, y dos años más tarde el Protocolo de Montreal para la reducción de la emisión de CFCs (de uso común en esa época equipos de refrigeración y químicos agrícolas).

Gracias al cumplimento del Protocolo de Montreal a partir de la década de los ochenta, diversos estudios, incluidos algunos de la Universidad Santiago de Chile (UdeSantiago) han confirmado recientemente que el agujero en la capa de ozono ha dejado de crecer y comienza su cierre progresivo que podría concretarse en la segunda mitad de este siglo.

 

 

 

agujero ozono 2

Agujero de ozono, diciembre 2015.

Un equipo dirigido por el Dr. Raúl Cordero, del Departamento de física de la UdeSantiago, estudia en la Antártica los efectos del agujero de ozono en la climatología del hemisferio sur, mediante varios proyectos que cuentan con financiamiento logístico del INACH y fueron parte activa de la LII y LIII Expedición Científica Antártica (ECA 52 y 53).

El aumento de los niveles de radiación ultravioleta es uno de los efectos más conocidos de la depleción de la capa de ozono, pero la investigación de la UdeSantiago tiene su foco en los cambios en el clima del hemisferio sur durante los últimos 40 años, como consecuencia del agujero en la capa de ozono.

“Aunque interactúan, el agujero de ozono y el cambio climático son fenómenos separados. En los últimos 40 años el clima del hemisferio sur ha cambiado más por el agujero de ozono, que por el cambio climático. Ha habido un cambio en los patrones de circulación de los vientos, en los patrones de nubosidad, y por consiguiente en las precipitaciones”, Dr. Raúl Cordero.

Se han observado aumentos de precipitaciones en latitudes cercanas a los 50º lat S (en la zona de Punta Arenas) y disminuciones de precipitaciones en las latitudes cercanas a los 40º lat S (en la zona de Puerto Montt). En esta última, en los últimos 40 años, las precipitaciones han disminuido a razón de 7% por década.

Dr. Raúl Cordero (izquierda) junto a su equipo.

Dr. Raúl Cordero (izquierda) junto a su equipo.

El factor antártico

Pero los cambios en el clima debido al agujero en la capa de ozono también han afectado las temperaturas de la Antártica. “El planeta entero se está calentando, pero la Antártica se está calentando llamativamente más lento que el Ártico, debido, entre otras cosas, al agujero de ozono. A medida que se recupera la capa de ozono, el ritmo de calentamiento podría aumentar aunque creemos que no al mismo ritmo que en el Ártico”, mencionó Cordero.

El Ártico ha experimentado a través de los años un derretimiento progresivo debido al aumento de temperaturas relacionadas al cambio climático y la elevada concentración de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono(CO2) o el metano. A pesar de que estas sustancias están presentes en todo el planeta, la Antártica no ha sufrido las mismas consecuencias que el Ártico. Esto, debido a que, en primer lugar, el Continente Blanco se encuentra sobre tierra rocosa y firme que ayuda a mantener las temperaturas y la atmósfera en el hemisferio sur no contiene las grandes cantidades de aerosoles que sí existen en el Ártico y aceleran aún más su derretimiento. Además, el agujero de la capa de ozono también juega un rol pues al ser el ozono un gas de efecto invernadero, sus relativamente bajas concentraciones en la atmósfera Antártica ayudan a contrabalancear el efecto de las altas concentraciones de otros gases de efecto invernadero (como el CO2 o el metano).

Estación de monitoreo

Edgardo Sepúlveda, asistente de investigación en laboratorio.

¿Qué sucederá cuándo se cierre el agujero en la capa de ozono?

Esa es la gran interrogante que aún no está resuelta, según comenta el investigador. “Así como cuando el agujero de ozono se abrió y provocó cambios en el clima, cuando se cierre también producirá cambios”. Por ello, destaca la importancia de monitorear este proceso de clausura y sus potenciales efectos secundarios en el clima.

Anexa a la base “Profesor Julio Escudero”, del INACH, en la isla Rey Jorge, el equipo del Dr. Cordero ha instalado moderno equipamiento para la medición de la columna total de ozono en la zona. Estos datos son necesarios para monitorear los efectos en la climatología Antártica de la recuperación de la capa de ozono en la próxima décadas.

Precisamente en septiembre de este año se celebran los 30 años del Protocolo de Montreal, uno de los acuerdos más exitosos de la historia y en el que se vio la necesidad de concretarse frente a la creciente amenaza sobre la capa de ozono. Este acuerdo muestra que ante un riesgo inminente, la comunidad internacional puede reaccionar de manera efectiva.

En 2015, se acordó en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 21) mantener los aumentos de temperaturas debajo de los 2 ºC y tratar de limitarlos a 1.5 ºC. Aunque es una interrogante si estos acuerdos se respetarán, el éxito del Protocolo de Montreal es esperanzador para pensar que los aumentos de temperaturas en el planeta Tierra podrían estar bajo cierto control y no significarían una amenaza para la Antártica al momento que se cierre el agujero en la capa de ozono.

Edgardo Speúlveda

Edgardo Sepúlveda, asistente de investigación en laboratorio.

 

Por Sebastián Ampuero

Departamento de Comunicaciones y Educación

Instituto Antártico Chileno

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