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“Nuestro viaje a la Antártica fue una aventura secreta”

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Publicado
14 de nov del 2012

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Este texto fue publicado en suplemento especial del diario “La Prensa Austral” de Punta Arenas, con motivo de la celebración del Día de la Antártica Chilena, el pasado 6 de noviembre.

Durante la temporada 1947-48, en los primeros días de la Guerra Fría, la controversia internacional por el dominio polar alcanzó un punto crítico. El intercambio de notas diplomáticas entre Londres, Santiago y Buenos Aires se hizo cada vez más áspero. El gobierno británico entregó a Chile una nota donde desconocía los derechos de nuestro país sobre el territorio antártico, fijados por el presidente Pedro Aguirre Cerda en el decreto del 6 de noviembre de 1940, y reclamaba por la instalación en 1947 de la base Soberanía (actualmente Arturo Prat) en la isla Greenwich, proclamando el dominio británico en aquella zona. Desafiando a los ingleses y en un claro acto de soberanía, a fines de 1947 el presidente Gabriel González Videla decide viajar a la Antártica con su familia, acompañado de una comitiva representativa del país, que incluye ministros, senadores, diputados, comandantes en jefe y oficiales de las Fuerzas Armadas, periodistas, diplomáticos, dirigentes de partidos políticos, representantes de organismos sindicales y gremiales, en un grupo que sobrepasa las 550 personas. La expedición presidencial permitiría, por primera vez en la historia, en febrero de 1948, que un jefe de estado llegara al Continente Blanco.

De aquel viaje quedan pocos sobrevivientes. Entre ellos, Sylvia González Markmann, hija del ex presidente, quien reside hoy en Santiago. Junto a su madre, Rosa “Miti” Markmann, su hermana Rosita y Elena Cerda, esposa del ex ministro de Defensa Manuel Bulnes, fueron elegidas para marcar la presencia de la mujer chilena en las tierras polares. “En ese entonces había una fuerte disputa entre Chile, Argentina e Inglaterra por el territorio antártico –recuerda Sylvia– y hacer presencia allí era una manera de demostrar que esa tierra era nuestra, que estábamos tan cerca que podíamos ir con la familia. Por eso mi padre nos llevó en ese viaje.”

Los González-Markmann habían pasado por Punta Arenas en 1943 y las jóvenes Sylvia y Rosa, de 21 y 20 años, preferían la playa de La Serena a un verano azotado por el viento magallánico. “Finalmente, mi padre nos convenció, contándonos que este era un viaje secreto, pues en realidad nuestro destino final era la Antártica. Ser prácticamente las primeras mujeres allí nos hizo olvidar La Serena y embarcarnos con entusiasmo en esta aventura secreta”, recuerda Sylvia. Los preparativos mantuvieron al viaje en la más absoluta confidencialidad. Ella fue la encargada de obtener la vestimenta que usaría la familia en la expedición, solicitando misteriosamente la confección de parkas de pluma. “No podía darle explicaciones a nadie, ni siquiera a los agregados navales y militares, por temor a que la información se filtrara a los ingleses. Menos podía contarle a María Teresa Leech, hija del embajador de Inglaterra, con quien éramos muy amigas.”

En Puerto Montt se sumó a la expedición el puntarenense Alfonso Campos Menéndez, diputado por Llanquihue y Aysén, “con Alfonso enganchamos de inmediato por la parte patriótica; él estaba haciendo un proyecto del litro de leche para que todos los niños chilenos pudieran alimentarse, pues veía la miseria espantosa que existía en el país. En ese viaje cada uno de nosotros estaba haciendo patria.” A los pocos días, Alfonso escribe a Sylvia una carta para evidenciar que Chile tenía correo en la Antártica, reforzando la idea de que “en esta verdadera feria de personalidades humanas, todos están unidos en un anhelo común de extender los horizontes de nuestro país.” El diputado y la hija del presidente se casarían poco tiempo después.

La mayor parte de la comitiva y la dotación del barco ignoraban los riesgos del histórico viaje, y suponían que el destino era Punta Arenas. En el puerto de Fortescue, en el estrecho de Magallanes, el grupo se trasladó del Araucano al transporte Presidente Pinto, donde la expedición hizo los últimos preparativos para poner rumbo a la zona polar. A las doce horas del 11 de febrero de 1948, González Videla anunció oficialmente que había cambiado de rumbo: en vez de Punta Arenas seguirían directo a la Antártica. Londres envió desde África el Nigeria, pero un gran temporal hizo que el crucero inglés disminuyera su marcha y llegara al continente antártico días después de que el presidente había abandonado el territorio. Sylvia rememora con detalle el ambiente de la época: “Nadie temía que esto terminara en un conflicto armado, pero sí que el presidente de Chile fuera recibido con todos los honores en nombre de la reina de Inglaterra. Después de que llegamos a la Antártica, Churchill, furioso, habló del león inglés que fue mordido por los chacales chilenos. Lo divertido es que apenas regresamos a Santiago, el embajador le envió a mi mamá un ramo de flores.”

El Pinto viajaba repleto de cadetes y oficiales jóvenes. Ninguno tenía ropa adecuada, así es que en la que Antártica desfilaron con sus uniformes y zapatos de vestir. La hija del ex presidente lo relata vívidamente: “A bordo faltaba de todo, frazadas, comida, menos la euforia del espíritu patriótico. El alivio del capitán fue que cuando llegamos a la base Soberanía nos tenían un gran banquete antártico. Lo único que salió en los diarios de Europa fue lo que comimos ese día: entrada de Eufasia, como llamaban al kril, una sopa de pingüino, filete de foca y leche nevada con huevos de pingüino. Un menú que hoy habría sido tildado como un horror antiecológico y nos hubiera significado unas multas terribles.”

Antes del viaje, el periodista Ramón Cortés, director del diario La Nación, tomó fotos de la familia del presidente con la vestimenta que usarían en la Antártica. “Puso una sábana blanca, con un ventilador. Cuando llegamos a la Antártica, sacó una foto igual a la que nos había tomado en La Moneda. Entonces avisó al diario que publicaran las imágenes que él había dejado en Santiago. La gente se preguntaba cómo habían llegado tan rápido las fotos a la capital.” Sylvia concluye recordando: “Las recepciones de Punta Arenas y Santiago fueron grandiosas. Con aviones, carros alegóricos, grandes homenajes, discursos y desfiles. Fuimos recibidos como verdaderos héroes. Mi papá tenía una buena estrella increíble y él lo sabía”.

Por Rosamaría Solar Robertson
Instituto Antártico Chileno