Instituto Antártico Chileno

laboratorio

Así nació el INACH

Ud esta en: home > noticias > Así nació el INACH
Publicado
10 de sep del 2013

Buscar por

Institucional otro

Punta Arenas, 10 de septiembre de 2013. El 10 de septiembre se cumplieron 50 años desde que se promulgara la Ley 15.266, que aprobaba una nueva orgánica del Ministerio de Relaciones Exteriores incluyendo bajo su alero al Instituto Antártico Chileno (INACH). Desde hace 10 años este organismo nacional tiene su sede principal en Punta Arenas y ha decidido celebrar hoy martes, a las 18.30 horas, su quincuagésimo aniversario con un acto abierto a la comunidad magallánica en el Teatro Municipal, donde se estrenarán dos obras audiovisuales inspiradas en el Continente Blanco. En este artículo, el embajador y ex director del INACH, Óscar Pinochet de la Barra, relata los pormenores del nacimiento de este organismo técnico dedicado al desarrollo de la ciencia polar chilena.

La primera vez que se advierte el interés científico de Chile por las regiones antárticas es durante el año 1906, en el mes de julio, cuando el ministro de Relaciones Exteriores Don Antonio Huneeus Gana pi­de al ministro de Marina se prepare una expedición “a las Islas Elefantes, Nuevas Orcadas y Nuevas Shetland y al Continente Antártico”, con el objeto de verificar un re­conocimiento de tierras y mares y hacer en ellas investigaciones científicas, sobre todo magnéticas, según la comunicación. Sabemos el destino de nuestros planes: el terremoto de Valparaíso del 16 de agosto los echa por tierra. Conservamos en el recuerdo dos de esos hombres pioneros: Alberto Obrecht, director del Observatorio Astronómico, y el geógrafo Luis Risopatrón, y sus deseos no realizados de levantar una Estación Meteorológica y Magnética. Pasa un año y en 1907 aparece nueva­mente la inquietud antártica de Risopatrón, esta vez a través de una carta —la primera trazada por un latinoamericano— del sector polar que enfrenta al cabo de Hornos y que entonces ya se lo llama por Charcot y otros exploradores europeos: Antártica Sudame­ricana.

Para seguirle la trayectoria a nuestro interés por la ciencia antártica, debemos trasladarnos ahora a la primera expedición oficial del verano 1946/47, la del comodoro Federico Guesalaga, quien ha embarcado a un pequeño grupo de científicos que la gente de mar bautiza con el nombre de “sabios”. Ahí están los biólogos marinos Parme­nio Yáñez y Guillermo Mann, el técnico pesquero Juan Lengerich y el geólogo Carlos Oliver Schneider.

Diez años después, en 1957 en los afa­nes del Año Geofísico Internacional, la cien­cia antártica es tan importante para Chile, que el gobierno no trepida en gastar varios millones de pesos para construir la base Luis Risopatrón, en las vecindades de la base O’Higgins, alhajarla, adquirir variados ins­trumentales y organizar laboratorios, que un incendio destruye completamente. El desá­nimo cunde y además, queda en nada el proyecto de crear un Instituto Antártico dependiente de la Universidad de Chile, en lo que estaban empeñados el rector Juan Gómez Millas y el decano de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas Carlos Mori Gana. Fue el período 1958-1963.

Son momentos de preocupación para la Cancillería chilena y para el escaso número de hombres de ciencia que trabajan en con­tacto con ella y nos dicen: no es conveniente que nuestra labor científica antártica apa­rezca tan ligada al tema político y de sobe­ranía; para ser creíble debe tener autonomía. Esto queda aún más de manifiesto cuando en diciembre de 1959 Chile firma el Tratado Antártico y se le da a la ciencia un papel preponderante en el quehacer en el conti­nente polar.

La inquietud llega a la Comisión Chile­na Antártica que, en sesión del 23 de julio de 1958, en plena discusión preliminar del Tratado Antártico en la capital norte­americana, escucha una proposición del ministro de Relaciones Exteriores Alberto Sepúlveda, para crear tal Instituto, sin que se alcance unanimidad.

La proposición del canciller Sepúlveda ha tenido su origen en los funcionarios Ger­mán Carrasco y Lucía Ramírez, a ellos me uno en julio de 1962 como Jefe de la Sección Antártica e Isla de Pascua del Ministerio de Relaciones Exteriores. Acaba de terminar la II Reunión Consultiva del Tratado Antártico en Buenos Aires, y el informe firmado por el senador Marcial Mora y el asesor Enrique Gajardo lleva el siguiente párrafo que Carrasco, Lucía y yo mismo le hemos introducido: “Es muy poco y de escasa sig­nificación mundial lo que nuestro país hace hoy en la Antártica. Necesitamos un Instituto Antártico que planifique y coordine nues­tros esfuerzos y, una Comisión Nacional del SCAR [Scientific Committee on Antarctic Research] que de forma a la labor científica y nos represente efectivamente en ese importante organismo de investigaciones antárticas, de cuyas seis (primeras) sesiones hemos estado prácticamente ausentes”.

Un año después de estas reflexiones, el Proyecto de Ley respectivo, cuya redacción había constituido una de las principales preocupaciones de la Sección Antártica e Isla de Pascua, estaba listo. Según recuerdo tenía dos artículos que se ocupaban de un organismo para el cual no había precedentes en Chile, así que el asesoramiento y las con­sultas fueron importantes.

En el segundo semestre de 1963 el gobierno de don Jorge Alessandri entraba en su sexto y último año de vida y, así como el Presidente no tenía gran entusiasmo por la Antártica (el único que no visitó ese conti­nente), su joven Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Martínez Sotomayor, unos años menor que yo, comprendió in­mediatamente la importancia del organismo que se pretendía crear. La oportunidad, dijo, para enviarlo al Congreso Nacional será cuando se haga lo mismo con la nueva Ley del Ministerio y me indicó que tomara contacto con el senador Raúl Juliet Gómez, an­tiguo Ministro y uno de los más entusiastas por la causa polar que haya pasado por el Ministerio.

La labor más importante de la tramita­ción de la reestructuración se efectuaba en la comisión de Relaciones Exteriores del Senado y ahí participaba Raúl Juliet, mientras yo lo esperaba en la antesala con todos mis pape­les. Una tarde salió agitado de la sesión y me dijo en su lenguaje directo y amistoso: “Oiga, compañero, la Ley del Ministerio sale de aquí en unos minutos más, pero ha costado mucho su aprobación y no veo manera de sacar junto con ella otra especial para crear al Instituto…”; se le veía agitado, hoy diríamos “acelerado”. Luego agregó mien­tras me miraba fijamente: “¿puede usted resu­mir en un par de artículos todo su proyecto?”

Estuve a punto de decirle que no podía, me sentía, como diríamos en jerga popular “ninguneado”, pero se trataba de comenzar a construir, como fuera, nuestro Instituto y me puse a elegir inmediatamente los artículos más importantes para introducirlos en el ar­ticulado de la ley orgánica del Ministerio. Y así le fueron dedicados al nuevo organismo los artículos 4 inciso 15, y los artículos 5 y 6, estableciéndose que la misión principal del INACH será “planear, orientar y coordinar las actividades científicas y técnicas que organismos del Estado, o particulares debi­damente autorizados por el Ministerio de Relaciones Exteriores, lleven a cabo en el Te­rritorio Chileno Antártico o fuera de él, en virtud de lo dispuesto en el Tratado Antártico”.

La frase “o particulares debidamente autorizados…” me fue sugerida por el funcionario Alvaro Droguett. Por otra parte, poner que tales actividades podrían desa­rrollarse “fuera” del sector, había sido una audacia fundamentada en el Tratado Antár­tico que ya tenía dos años de vigencia, y nos hacía ver con una mirada mucho más am­plia el continente entero como campo de desarrollo de la ciencia chilena. Otros recordarán la vida diaria de este máximo promotor de la ciencia chilena en el sur polar.

Yo solo quisiera destacar que de un organismo programador y coordinador del trabajo de las universidades y centros académicos, el INACH fue facultado ade­más por Decreto con Fuerza de Ley N° 82, del 22 de enero de 1979, para organizar y dirigir expediciones, emprender directamen­te trabajos de investigación científicas y mantener bases propias en la Antártica. Hoy, el INACH, con un andar moderno, se une a los mejores organismos de su género en el campo internacional, cumpliendo un viejo sueño de quienes lo crearon en beneficio de la causa antártica de Chile.